DE MORDER
EL LÁPIZ
EL LÁPIZ
Puede ser ahora mismo un nuevo clip
pero siempre prefiero esa cubierta
que cubre de metal al borrador,
del lapiz amarillo, salvador,
instrumentos que pasan por mis labios
y terminan sin más entre en mis dientes,
proezas
de metal,
mientras la pienso dos veces,
aplacando premuras en la boca,
que ya supo de sales y de
vinos,
el tercer pensamiento me la trae
completa, diciente, majestuosa,
y ahora quiero sus ojos,
lo que miran ya mismo,
lo que tengan atrás como desván,
la
luciérnagas vivas que rezongan
y suben por sus sueños desalmados
dejando sus sencillas huellas luminosas,
que puedo ver, si,
a pesar de este sol canicular,
que tiene cara de volverse una tormenta,
y este sorbo de inercia,
estos parajes internos con relieve
y cansancio,
de llevarme a cuestas,
con mi prisa a cuestas,
al pensarla aún más por cuarta vez
puedo verla de pie allí en la acera
la sombrilla que no se deja abrir
en medio del fragor de la tormenta,
que ya llegó a sus pies,
veo sus lágrimas de anís,
bajando fugitivas por el rostro
su miedo de verse medio muerta
al pasar corriendo entre los coches,
un sorbo de muestra de su llanto
es un vino precioso
y no puede salir desperdiciado ni en esta
ni en la otra fiesta,
la arcana y ya postrera de las
almas...
Como un ósculo de invierno
que se lanza a cualquiera en la estación,
cuando ya colocamos los dos pies
sobre esa pequeña escalerilla
que es promesa, o no,
sobre esa pequeña escalerilla
que es promesa, o no,
y es inminente el adiós con lo que ves,
dejo todo abierto en la oficina,
y salgo a la tarde, a la calle cohibida,
y salgo a la tarde, a la calle cohibida,
y corro,
corro,
corro,
corro,
a campo traviesa entre los coches,
mientras la lluvia se suelta
y borra sin esfuerzo los contornos
de todo lo visible y lo invisible,
de todo lo visible y lo invisible,
me demoro un poco pero llego,
y ella me ve y sale a recibirme,
parece un ángel en misión de hierro,
no sabe que aunque luzca un salvataje
es ella la que salva todo,
con su pelo mojado, su voz bella,
y la sonrisa venciendo
sobre todo,
el fragor inclemente
de esta tarde,
que apenas yo llegar
ha roto fuentes...
JOSÉ IGNACIO RESTREPO
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