sábado, 5 de octubre de 2013

24 HORAS, LAS ÚLTIMAS / Poesía de José Ignacio Restrepo


CON LA SANGRE AFUERA
( turbio )


Ropavejero no sabes o no quieres
recoger la minuciosa pañoleta
que retiene la mancha y el color
de la última lágrima de guerra,
yo dejé de llorar pero ella no
y mi pierna estallada aún me pica,
como si la llevara sin lavar,
con pantano o con greda de labor,
de esa fina que sirve para hacer
 esas obras que llaman Arte Novo
cerámica que venden a buen precio,
por unidad y también al por mayor...
Trapos que tienen dolores entrabados,
los del mundo pegados como brea,
y los propios sentidos a destajo,
dolores resabiados en motín,
rasgados como ala que se quiebra
de silencioso ángel de la guarda
rebajado al nivel de querubín,
que no alumbra pelea de cuatreros,
ni celda nona de una cárcel llena,
donde un jefe se duerme sin pedir
algún mustio perdón por honda pena
causada por su mano traicionera, 
que recia hundió un puñal como si fuera
regalo para cruel pelafustán,
sobre el cuerpo andariego de un extraño
que caminaba en una  sola pierna,
- desconocido de unos veinte años
al parecer ex sargento del ejécito,
que recién salía de un cajero,
con el dinero completo de su pago
en su mano que no llevaba la muleta
como ingenuo que debe ser robado -
pero por qué matarme me pregunto,
con los ojos cerrados desde adentro,
atracado y sin vida presto al viaje,
NN sin más...
Y mientras tanto Raquel
haciendo fila
para pagar el servicio de hospital,
y así puedan liberar a nuestro hijo,
que estuvo enfermo de hipo quince días...
Quién me despierta por dios,
que fea broma,
este cuchillo me estorba al respirar,
debo poner de inmediato una demanda
para que busquen al bruto que me ha dado
este golpe perfecto al corazón,
y me ha manchado sin remedio todo el pecho,
incluída la fea pañoleta,
que me puso Raquel en el bolsillo,
"por si moqueas querido,
por si un pañuelo precisas
en este frío día..."



JOSÉ IGNACIO RESTREPO
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miércoles, 2 de octubre de 2013

SEDES PARA LABIOS ROJOS / Poesía de José Ignacio Restrepo


TATUADOS


Que muere de feliz y no de triste, 
quien de dioses falaces fiel abjura, 
para morar inquieto, intransigente, 
donde le diga la piel estar presente...
Bello como esa duna que te nombra
mientras sueñas con ser el que ya eres,
escribes sobre el lienzo inmaculado
designios que renacen mientras duermes, 
debe la mar su cambio en tierna playa, 
su extramuro vencido que hoy es cielo, 
al temido lenguaje que inventabas
para hacer algo útil del silencio...
Las simultáneas lozas hechas trizas, 
caben en ese cofre de recuerdos
que arrojado a la cara de algún viento,
se levanta aún más y hace una nube
queda en el aire la miel para el desierto
como cambio para su trágica solvencia, 
es agua de redenciones y de vida
para la frente tuya, de él, la mía,
para dar verde al temple que se agota
y a esa longeva sensación de ser eterno, 
de estar hoy ya más cerca de la hora,
de ser amados más allá de toda ciencia...
A veces viene el dolor a tu morada
exigiéndote un grave sacrificio, 
y la fiebre del cuerpo se entromete
y cambia al triste por el ávido momento
el sexo limpio se degolla allí en tu ombligo
la miel que te faltaba ahora endulza
esas ansias de sal que ya olvidabas,
todo hermano con piel de compromiso
es capaz de hacer cambios sin verguenza 
si no le pide el día ser un muerto
aunque le deje el mal cruel patrocinio...
Pero, sabe mentir el sentimiento, 
que vacío llegó desde un principio, 
cuando la tórrida mano se asentara, 
sobre tu cuerpo ansioso como todos
y te obligara a posar como holgazán,
de la virtud solemne antagonista,
por saberse un inútil presentido,
un frágil defensor del buen obrar... 
Más son hermanos tristes de la piel, 
las manos, los ojos cerrados, el recuerdo, 
y así la luz no es más que oscuridad, 
bendiciendo su paso...por nosotros,
en medio del talud bronco del sexo...
 
JOSÉ IGNACIO RESTREPO
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martes, 1 de octubre de 2013

EVANESCENCIAS / Poesía de José Ignacio Restrepo



 PECADO
 
 
Entonces es la boca seca
y el estertor ingenuo de mi aliento
los que inválidos casi y sin confianza
tocan fuerte y sin fe sobre tu puerta,
no pueden ya tener que ver mis manos
de prosaico habitante de mis letras,
pues el andamio ayer bien levantado
duerme en piezas sin orden ni concierto,
derribado por ese incierto celo
de todo querer dar sin ver al otro,
tirando lo mejor del suelo propio
en la calle de venta sobre el atrio,
donde un dios forastero guía a un ciego
y pasan sin cuidado los caballos...
 A qué dotar a músicas de tono
si está escondido de ayer el instrumento,
sean cuerdas o vientos, o un fiel piano,
que sostiene una pared sin casa,
el pentagrama salteado de lamentos
es solo un  viejo ujier con llaves 
y vestido con misivas de papel,
que nos cuida de entrar donde la muerte
a las cartas se bate nuestros nombres
de usada compañía ya perpleja...
A qué llamar al jefe de la orquesta
para timbrar boletas y esperanzas,
si ya estamos tirados en la piel,
sin otro quehacer que ir a quemarla,
con el que vive ahora sobre ella,
que no es el del pasado ni el de hoy
y con el que en la noche sin sosiego,
volveremos con prisa cual ladrones
 a buscar sin rencor al que quisimos
con los ojos cerrados y callados,
para serle otra vez infiel con gusto
y huir luego a buscar al que antes fuímos,
en un sitio sin clara dirección,
una calle cerrada y sin destino...

JOSÉ IGNACIO RESTREPO
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