martes, 1 de octubre de 2013

EVANESCENCIAS / Poesía de José Ignacio Restrepo



 PECADO
 
 
Entonces es la boca seca
y el estertor ingenuo de mi aliento
los que inválidos casi y sin confianza
tocan fuerte y sin fe sobre tu puerta,
no pueden ya tener que ver mis manos
de prosaico habitante de mis letras,
pues el andamio ayer bien levantado
duerme en piezas sin orden ni concierto,
derribado por ese incierto celo
de todo querer dar sin ver al otro,
tirando lo mejor del suelo propio
en la calle de venta sobre el atrio,
donde un dios forastero guía a un ciego
y pasan sin cuidado los caballos...
 A qué dotar a músicas de tono
si está escondido de ayer el instrumento,
sean cuerdas o vientos, o un fiel piano,
que sostiene una pared sin casa,
el pentagrama salteado de lamentos
es solo un  viejo ujier con llaves 
y vestido con misivas de papel,
que nos cuida de entrar donde la muerte
a las cartas se bate nuestros nombres
de usada compañía ya perpleja...
A qué llamar al jefe de la orquesta
para timbrar boletas y esperanzas,
si ya estamos tirados en la piel,
sin otro quehacer que ir a quemarla,
con el que vive ahora sobre ella,
que no es el del pasado ni el de hoy
y con el que en la noche sin sosiego,
volveremos con prisa cual ladrones
 a buscar sin rencor al que quisimos
con los ojos cerrados y callados,
para serle otra vez infiel con gusto
y huir luego a buscar al que antes fuímos,
en un sitio sin clara dirección,
una calle cerrada y sin destino...

JOSÉ IGNACIO RESTREPO
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